Por Alejandro Trejo Martínez

30 de junio de 1961. Después de darse de baja de la clínica Mayo y antes de partir, Ernest Hemingway le dice a su médico: “Ambos, tu y yo, sabemos lo que voy a hacer algún día”. Horas más tarde, en la madrugada del 2 de julio, Hemingway bajó al sótano de su casa. Eligió una escopeta. Subió al vestíbulo de la entrada principal y usó por última vez esa arma. Se hizo explotar la cabeza (se disparó en la boca).

Un final terrible para uno de los novelistas más importantes del siglo XX y ganador del Pulitzer, el escritor que entre matrimonios y divorcios ganó el Premio Nobel de Literatura en 1954. Un periodista que tras tomar una terapia para revertir la tendencia que le había conducido a intentar suicidarse en tres ocasiones en su último año, logró su cometido.

Son conocidos los excesos del nacido en Illinois un 21 de julio de 1899 y que lo caracterizan como un escritor excéntrico, deportista, enamorado, combatiente con una conducta autodestructiva, narcisista, una bipolaridad y paranoia que lo llevaba a pensar que era perseguido por el FBI; además de un irreparable daño cerebral, quizá causado por el alcoholismo. Sin embargo, hay algo que lo marcó tanto en vida como en la muerte: el suicidio.

Ernest Hemingway

Ernest Hemingway, tomada de www.facebook.com/literland

 

En la última etapa de su vida, su precaria salud, la decadencia física, sus problemas financieros, parecen ser las causas que lo llevaron a tomar la decisión fatal. Empero, existe una teoría compleja de asimilar, fácil de comprender y muy factible de enunciar: sólo hay que hurgar un poco en la historia familiar del autor de Al romper el Alba.

Clarence Hemingway, padre del escritor, se suicidó en 1928 de manera similar que el escritor, es decir, se disparó en la cabeza. Además, se ha documentado que la familia Hemingway tenía una larga historia de trastorno afectivo y desordenes relativos al suicidio. Los hermanos de Ernest, Úrsula y Leicester, así como Margaux, hija de su hermano mayor Jack, optaron por quitarse la vida por propia mano.

De allí que surja la hipótesis del gen del suicidio y la maldición de los Hemingway, de la que se pueden encontrar variedad de ensayos y estudios que intentan justificar y aclarar estas “coincidencias” en la familia.

 

Lo único cierto de todo esto, es que no podemos saber qué es lo que pasa por la cabeza de una persona que intenta suicidarse, y mucho menos de quien lo logra, cuántos demonios o ángeles pueden caber en tu cabeza y allí es dónde surge la pregunta “I want to know why Hemingway cracked?”, como canta el grupo Bad Religion en su tema Stranger than Fiction.

En ese sentido, el autor de El viejo y el Mar, el otrora corresponsal de la guerra civil española, nos dejó un vasto legado, en el que se puede disfrutar por un estilo que sin duda tuvo una gran influencia en la narrativa de ficción.

Ejemplo de ello es Adiós a las armas, una novela autobiográfica que se contextualiza en la Primera Guerra Mundial, con el escenario del frente bélico, en la que se narran no sólo las vivencias de los soldados, sino que Hemingway nos muestra la guerra como una criatura, un ser. Dicha narración nos muestra cómo vivió el autor el conflicto armado, sus experiencias, que son la materia prima de esta obra.

Así conocemos la historia de un joven conductor de ambulancias que se alista como voluntario y quien, apenas llega al frente, es herido de gravedad, y que durante su convalecencia en el hospital, conocerá a una enfermera inglesa la cual se enamora de él hasta conseguir ser correspondida.

Una novela que trasmite de manera emocional los hechos que sufren en una guerra, cómo viven y sobreviven las mujeres y hombres que arriesgaron sus vidas y ayudaron a subsanar los daños del conflicto; las historias de médicos, enfermeras, conductores de ambulancias, soldados, habitantes del pueblo, de familias enteras que no vislumbraban un futuro alentador.

Adiós a las Armas, una obra que ha inspirado la realización de dos películas (1932 y 1957), nos ofrece un relato de amor en el contexto bélico y la crudeza del sufrimiento de los participantes.

A 60 años de la muerte del escritor que preguntaba Por quién doblan las Campanas, podríamos decir que doblan por Ernest.

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