* La brutalidad policiaca, la impunidad y los derechos humanos fueron temas en su discurso visual

 

* Rindió homenaje a Syd Barret y a su familia

 

La multitud rugió desde el primer minuto en que se apagaron las luces. Y ese clamor no haría más que subir sus decibeles durante un concierto en el que la denuncia, la protesta, la crítica y la exigencia social surgieron uno a uno, a través de enormes pantallas, mediante diversos visuales que dan vida al más reciente espectáculo de Roger Waters, mismo que embelesó y llevó al éxtasis a más de 20 mil almas, cada una de las dos noches (14 y 15 de octubre), que se presentó en el Palacio de los Deportes, como parte de su gira This Is Not A Drill.

Los gritos de euforia se transformaron en una rechifla mientras imágenes de policías, en acción represiva, rellenaron las megapantallas, pendidas en forma de cruz, por encima de un escenario de 360 grados que permitió disfrutar el espectáculo desde cualquier rincón del venue y que sirvió de ancla para una montaña rusa de emociones, pues el músico, al mismo tiempo, no sólo rindió homenaje a Syd Barret, su amigo de la infancia con quien fundó Pink Floyd, sino que compartió parte de su biografía al presentar fotos de su familia, cuando era un niño y aún vivía su padre.

“Este señor está muy c*brón”, dijo un joven a sus acompañantes, mientras las notas de Brain Damage, que animaron a varios a tocar sus guitarras y/o baterías de aire, inundaban los oídos y el arcoiris, proveniente del prisma, dilataba las pupilas a su máxima capacidad.

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Una advertencia marcó el fin de las olas que el público realizaba en gradas mientras esperaba al británico y preparó a la audiencia para lo que había tenido que esperar por dos años, debido a la crisis sanitaria por Covid-19: “Si eres uno de esos (que dicen) ‘Amo a Pink Floyd, pero no soporto la política de Roger Waters’, harías bien en irte, en este momento, a un bar de mierd*. Gracias y disfruten del show”. Entonces, una tormenta eléctrica marcó el inició de un periplo musical, que dejó una sensación de despedida casi desde el primer minuto cuando de manera inusitada se escucharon las primeras notas, de una larga versión, de Comfortable Numb. En la pista, atiborrada, las luces de celular se agolpaban hacia el escenario que, como una nave en altar mar, parecía surcar un océano parsimonioso en penumbras, mientras un coro multitudinario colmaba al Domo de Cobre.

Entre los relámpagos, poco a poco las pantallas se elevaron y dejaron ver el entarimado completo. “You!”, gritó Waters a la multitud, mientras sonaba de The Happiest Days Of Our Lives. La pista contestó vociferante y el entusiasmo pronto se convirtió en euforia con Another Brick In The Wall Part II y Part III.Julian

Entonces llegó The Powers That Be y un desfile de imágenes de brutalidad policiaca y sus víctimas: en México, Giovanni López, detenido en Jalisco en 2020 por no usar cubrebocas y fallecido bajo custodia policial; y Victoria Salazar Arriza, detenida en Tulum, Quintana Roo, quien perdió la vida tras ser arrestada; así como los nombres de George Floyd y Breonna Taylor en EU; y Mahsa Animi, en Irán, entre muchos más.

La Magdalena Mixhuca volvió a rugir. “¡Oe, oe, oe, oe, Roger, Roger!” Y un gesto de gratitud -en español atropellado- fue la respuesta: “Quiero agradecer a los que compraron boletos en 2020 y están aquí”, dijo el músico. “Significa mucho para mí. ¡Viva México! Estamos felices de estar aquí ahora”, agregó a modo de presentación para The Bar Part I, una pieza que escribió durante el confinamiento. A la que siguió Have a Cigar y tres clásicos de Pink Floyd, que su ex bajista aderezó con un poco de su biografía: Wish You Were Here -en la que recordó que tras acudir junto a Syd Barret a un concierto de Gene Vincent en Londres, ambos hicieron un pacto: formarían una banda. “Soñamos y por un momento vivimos ese sueño. El resto es historia” y dejó que la audiencia le envolviera con su voz. “La pérdida de alguien a quien amas, ayuda a recordarte que esto (la vida) no es un simulacro”, concluyó-; Shine On You Crazy Diamondcon las imágenes del primer líder de Pink Floyd; y Sheep, en cuya introducción aparecieron los nombres de George Orwell y Aldous Huxley, y, mientras una oveja de gran tamaño sobrevolaba el Domo de Cobre, Roger Waters recorría el entarimado alentando a la audiencia a gritar.

Roger Waters

Durante sus conciertos en México, Roger Waters exigió la liberación del fundador de Wikileaks, Julian Assange. Foto @Ok_Tania

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En un receso aún sin terminar, un cerdo, con los costados marcados con frases como “f*ck the poor” (“que se j*dan los pobres”) y “Steal from the poor. Give to the rich” (Roba a los pobres. Dáselo a los ricos”), apareció surcando por los aires el inmueble. De pronto, las luces se apagaron y los martillos anunciaron lo que venía: In The Flesh y Run Like Hell, dos de los temas más ovacionados y celebrados de ambas noches, cuyos cánticos derivaron en abucheos cuando, previo al inicio de Deja Vu, se expuso el abuso de parte de soldados estadounidenses en Irak y cuya difusión mantiene en prisión al australiano Julian Assange, requerido por EU bajo el cargo de espionaje.

La travesía musical continuó con In This The Life We Really Want? -en la que aparecieron leyendas en pro de los derechos humanos- Money y Us And Them, en la que el saxofón de Seamus Blake se llevó una ovación y que ayudó a elevar la adrenalina para dejarse llevar con Brain Damage y, tras el prisma, el fragor: “¡Oe, oe, oe, oe, Roger, Roger!”, vítores, y las lágrimas contenidas del británico.

“¡Son j*didamente maravillosos! Esto es muy conmovedor para mí ya para mi banda. Se los juro” y entonces llegó Two Suns In The Sunset, “una pieza del último álbum que hice con Pink Floyd, titulado Final Cut (1982), que trata sobre morir en una guerra nuclear, lo cual podría pasar mañana. Estamos muy cerca de una en este momento, por ello es muy importante decirles a nuestros líderes: ‘Por favor, vayan al bar y hablen entre ustedes y resuelvan lo de Ucrania…”

Así llegó The Bar Part II, en cuya introducción el también músico activista reunió a su banda alrededor del piano para hacer un brindis y en la que en la segunda noche se puso una camiseta de la Selección Mexicana de futbol con el número 10. Después, mientras sus colegas Jon Carin -piano y guitarra-, Gus Seyffert -guitarra y bajo-, Robert Walter -teclados-, Jonathan Wilson -guitarra y vocales-, Joey Waronker -batería- y Dave Kilminster -guitarra y vocales-, además de Amanda Belair y Shanay Jonhson – vocales-, así como el propio Roger -con una bandera de México en las manos- recorrían aquel entarimado al tiempo que tocaban Outside The Wall cobijados por una ovación, llegó el momento de emerger del hechizo en el que Waters indujo a más de 22 mil almas, de traspasar el muro y regresar a la realidad postpandemia.

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